Al igual que la mayor parte de los problemas que hoy aquejan a la humanidad, la crisis alimentaria no ha sido abordada con la seriedad que amerita por quienes detentan el poder en México. Mucho menos se plantean o discuten alternativas de solución. Por el contrario, vemos con preocupación la continuidad de las mismas políticas que nos han sumido en la actual situación, aunadas a esa extraña actitud de negar la realidad que nos aplasta. Por ejemplo, frente al peligro de hambruna que algunos anuncian, el secretario de Agricultura insiste en un campo triunfador, cuando la producción de alimentos es un problema grave en México, que hoy se añade a la crisis mundial, anunciada en nuestro país desde enero de 2007, al duplicarse en unas cuantas semanas el precio de la tortilla.
Ello no obstante, la terrible dependencia alimentaria hace que nuestra alimentación esté sujeta a las vicisitudes de una situación global cada día más incierta, ya que en la actualidad el sustento de los mexicanos depende casi 40 por ciento de las importaciones de maíz, arroz, soya y sorgo principalmente de Estados Unidos. A ello se debe que durante 2007 la campaña Sin maíz no hay país, impulsada por más de 300 organizaciones y personalidades de diversos ámbitos, haya demandado al gobierno una serie de medidas para rescatar al campo. Entre otras, para establecer una relación más justa en un tema tan sensible, exigieron la renegociación del capítulo agropecuario del Tratado de Libre Comercio. Con ese propósito, a lo largo de ese año, la campaña realizó ferias y conciertos, impulsó dos grandes marchas y se juntaron más de 500 mil firmas. Con ello lograron poner a “México en la boca de muchos mexicanos”, como decía su lema.
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